Mira por la ventana, hoy es un precioso día.
Sujeto la taza con mis dos manos entrelazadas mientras miro por la ventana, ya ha amanecido hace rato y el cristal mojado por la lluvia refleja el frio del exterior, tengo todavía el pelo un poco húmedo tras la ducha, me lo he dejado secar al aire mientras desayuno.
Al mirarme al espejo, no sé que veo, no reconozco lo que veo, solo repaso con la mano mi rostro.
Con un albornoz como único abrigo me apoyo en la ventana, las manos calientes, los pies desnudos fríos, la cara acalorada por el agua caliente de la ducha, pero de cuando en cuando, juntaba una de mis mejillas con el vidrio para refrescarla, en ese momento cerraba un instante los ojos para solo sentir el alivio del frio, en ese momento no había nada.
Encima de la mesa y frente al hueco de la taza que sujetaba con mis manos, un vaso con café, el azucarero frente a ella y una tostada a su lado esperaban, como yo.
El silencio de esos minutos de paz y soledad me sirve como preludio, en estos momentos es cuando me preparo, cuando me aíslo, cuando consigo las fuerzas para soportar.
Veo la calle, la gente pasar, lo veo desde mi torre, pero ellos no me ven a mí, no existo, sé que soy nada.
Todo el movimiento del exterior y la vida que veo en la distancia, es solo una ilusión, es la vida que está ajena a mí, la vida en la que un día estuve y ahora solo recuerdo, fue hace tanto, no sé cómo he llegado aquí, supongo que poco a poco, cuando lo anormal se convierte en rutina, cuando lo inadmisible en común, cuando lo irracional en cotidiano, es cuando ya no puedes regresar.
Escucho sus pasos, a partir de aquí solo me queda esperar, esperar su voluntad, esperar su ira, esperar.
Antes me refugiaba en los recuerdos y en las esperanzas, en los recuerdos de lo que fue, en las esperanzas de lo que pensé que iba a ser, cuando me enamoré de él, cuando me sentía protegida por él, cuando su fuerza era mi resguardo, cuando su ímpetu era mi motor y todo eso me hacía sentirme segura.
Ya, los recuerdos solo me atormentan, perdida la esperanza, perdida la ilusión, perdida la alegría solo me someto, sin voluntad me he convertido en nada.
Todo comienza otra vez, como todos los días, como cada día, esta es mi vida, golpes, insultos, humillaciones, llanto, llanto por mí, llanto por él, llanto…
Cuanto él más grita, más suben los volúmenes de televisiones y radios a mi alrededor y cuanto más suben esos volúmenes, menos se puede escuchar mi voz en ninguna parte, su indiferencia hace que, más allá de la cobardía de mi alrededor, no pueda llegar mi grito de socorro, mi petición de ayuda, su cinturón de indiferencia me aísla más de la realidad y con su negación a mí, me niegan también la posibilidad de traspasarles y buscar más allá, su traición es doble, su cobardía es doble.
Soy un cadáver, un cadáver que respira, que siente, que sufre, pero un cadáver que nadie quiere ver, del que nadie quiere saber y al que hay que enterrar para lavar conciencias, enterrar en la indiferencia y el olvido.
Cuanto más me ignoran, más me empujan hacia él, más le convierten en lo único en mi vida, hacen mayor su victoria y mucho mayor mi derrota.
Temor, temor a que decir y a como decirlo, por lo que deje de hacerlo, a mirar y a como mirar, por lo que deje de hacerlo, a pensar y a como pensar, por lo que deje de hacerlo, y así, ser yo misma quien se aísla, ser yo misma quien no se relaciona, ser yo misma quien se maltrata, ya ni siquiera tiene que hacerlo él.
Era preciosa, en todas las fotos salía riéndose, cuando era yo, tenía toda la vida por delante y mil ilusiones y en un momento decidí que todas pasaran por él, que en todas estuviera él, le abrí mi vida para que entrara, entró y arrasó todo a su paso, me vació…, era preciosa.
Por fin, se ha cerrado la puerta, se va, vuelvo al silencio, a la soledad, a la frustración, a esperar.
Mira por la ventana, ¿hoy es un precioso día?
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