Solo la tenue luz de la calle, que entraba por las ventanas con las persianas por la mitad, iluminaba la casa, no me hacía falta más, llevaba tres años viviendo allí.
Mientras buscaba en un armario, en silencio para no despertarla, recordaba cuando entramos por primera vez en la casa, cada estancia era el preludio de mil historias posibles en común y la ilusión crecía a medida que pasaban los minutos, al terminar de recorrerla y mirarnos sabíamos que iba a ser, que era nuestra casa.
Cogí la maleta de la parte superior y la abrí poniéndola encima de una silla, fui llenándola de camisas y camisetas de los armarios, como nos lo pasamos montándolos, elegirlos, en la tienda sueca de turno estuvimos toda una mañana, elegíamos uno, con su mesilla, pero justo al lado había otra mesilla, esta mejor, entonces hay que cambiar el armario, de vuelta a buscar uno y vuelta a empezar, cada viaje de una sección a otra era una excusa para probar un sofá que nos pillaba de camino y mil caricias con mil besos nos acompañaban.
Me acerqué a la mesilla de noche, estaba mi reloj y mi cartera, una al bolsillo trasero del pantalón, el otro a mi muñeca, fue hace dos años, llegué tarde del trabajo, ella tenía la mesa preparada y según escuchó la puerta salió corriendo, se me abalanzó al cuello y tras un largo e intenso beso se medio descolgó, una mano en mi cuello y con la otra ofreciéndome su presente, me encantó, abrí la caja y estaba el reloj de acero, brillante, lo dejé en la caja de nuevo y me la llevé a la habitación, hasta el día siguiente no volví a ver el reloj y la cena, allí se quedó.
Por el pasillo llegué al cuarto de baño, mi neceser estaba casi completo, solo cogí el cepillo de dientes y con ello cerré y recorrí el pasillo otra vez, su color anaranjado, casi tierra, siempre me gustó, tardamos en decidirnos por el color, probamos unos cuantos cuando decidimos pintar nosotros mismos, tampoco teníamos mucho dinero y hacer cosas juntos era el mejor de los planes para los dos, así que los fines de semana nos poníamos la ropa cómoda y vieja con la que nos sentíamos tan a gusto, con las ventanas abiertas, entrando el sol, eran momentos de felicidad, de vez en cuando parábamos en la ventana nos fumábamos un cigarrillo o nos tomábamos una cerveza mirando lo que desde allí se veía, que después nunca más admiraríamos, pero en esos momentos cada detalle, cada imagen la compartíamos como lo más bonito que pudiéramos ver jamás…
Ahora con mi mano luciendo el reloj de acero acaricio su pelo, la miro dormida y veo todo lo vivido, todo lo disfrutado, cada momento, cada situación, y todo eso es lo que me hace decirte adiós, todo eso es lo que me hace desearte lo mismo que me deseo a mí, volver a vivir todo eso, que ya solo son recuerdos, volver a tener toda aquella ilusión, que ya solo es monotonía y no tener miedo a perder lo poco que queda, si no, ilusión por conseguir lo mucho que vendrá. La brisa no se puede guardar, tiene que pasar de largo para que se pueda disfrutar, siempre esperando que vuelva, para poder seguir disfrutándola, tú has sido una brisa maravillosa, pero ahora dirigiré mi camino hacia otros vientos y otras brisas…, pero no es un hasta pronto, es un hasta nunca…
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